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"He procurado diligentemente no reírme de las acciones humanas,
ni llorarlas, ni abominar de ellas, sino comprenderlas"

Baruch Spinoza

 


OTRA GUERRA ABSURDA EN EL SIGLO XX

OTRA GUERRA ABSURDA EN EL SIGLO XX
“Si quieren venir, que vengan”. 
(General Leopoldo Galtieri, en alusión a los ingleses, 
luego de la invasión a las islas Malvinas, en 1982)

EL 2 abril de 1982, el General Leopoldo Galtieri, dictador de Argentina, no trepidó en tomar un par de islas invadidas por los ingleses ciento cincuenta años antes. Se declaró así una de las guerras modernas más ridículas que ha tenido el mundo: una nación empobrecida enfrentando a una de las principales potencias navales del planeta, asistida –como si no alcanzara la diferencia- por los satélites y toda la inteligencia militar norteamericana.

Era tan descabellado el asunto, que Jorge Luis Borges, con su habitual brillantez, dijo que los militares, acorralados por la crisis interna del país, habían practica una ‘huída hacia delante...’

Mientras Inglaterra utilizaba un ejército profesional y mercenarios sanguinarios, Argentina mandaba a las Islas, a combatir, a chicos de dieciocho años, sin ninguna experiencia militar, y con un armamento obsoleto. 

Mientras los soldados ingleses combatían con equipos térmicos y miras infrarrojas, los chicos argentinos morían de frío resistiendo con su propio cuerpo, asistidos por fusiles que se trababan por falta de uso. 

Resultado: setenta y tres días de delirio y muerte. Un país creyendo que ganaba por “la asistencia de la Virgen y de Dios”, y el duro mentís de la realidad: dos mil quinientos muertos y una derrota total y humillante.

Como botón de muestra basta el testimonio del ex combatiente Marcelo Vidales, que vivió en una casamata (un pozo que los soldados cavan en la tierra) durante cuarenta y cinco días.

“Nadie sabe lo que es el frío si no estuvo en las Malvinas. El enemigo número uno era el frío. Después el hambre, y luego los ingleses. Un día nos introdujimos en ese pozo. Éramos cuatro, un albañil analfabeto, otro que trabajaba antes de hacer la conscripción en una compañía de seguros, otro más que ya no recuerdo qué hacía ni de dónde venía, y yo.

"La guerra de las Malvinas para mí fue ese territorio, ese pozo. Ese cieno en el que se convirtió la tierra del pozo a los pocos días. Sólo salíamos para hacer nuestras necesidades. ¿Alguien puede imaginar lo que significa bajarse los pantalones para hacer las necesidades fisiológicas en los campos yermos de las Malvinas?

"En ese pozo debíamos esperar a los ingleses. Primero fue la nada, la espera, hasta que bombardearon por primera vez. El ruido de las bombas es inexplicable. Es un sonido que no existe. Cuando caían las bombas uno era ese sonido. El sonido lo invadía todo.

"Aquella noche cuando cayeron las primeras bombas, los cuatro que estábamos en ese pozo nos abrazamos acobachados, no disparamos nuestros fusiles ni nada. Era absolutamente, definitivamente, el pánico.

"Éramos cuatro encerrados en ese pozo y con hambre. Nos mirábamos mal, de reojo, temiendo siempre que el otro nos tomara una parte de lo poquísimo que nos quedaba para comer. Con el agua era lo mismo. La caramañola la escondíamos como a un tesoro. Mis enemigos directos, prioritarios, eran mis compañeros. Estábamos allí a puertas cerradas, era el infierno que imaginó Sartre. Cada uno sospechaba de todos los demás. Comenzaron las peleas. Había empujones, golpes de puño, forcejeos, una mirada disparaba los insultos. Siempre peleábamos por un “quítame esas pajas”, por un “corré esa pierna que no puedo dormir”, cosas así, nos odiábamos, pero nadie más estaba con nosotros. Habíamos perdido absolutamente la noción del tiempo. Evaluábamos que podríamos estar allí, adentro de ese pozo, dos o tres años, o lo que fuera. Todo estaba perdido. Nos queríamos morir. Queríamos que cayera una bomba en ese pozo. Queríamos terminar con todo ya. Ya.

"Nos enteramos de que en otras casamatas cercanas varios se habían suicidado. No nos importaba. La muerte del otro es un detalle menor en una guerra.

"Todos los valores se subvierten. Hubo varios bombardeos más. En uno nosotros disparamos y cayó un helicóptero. Nunca supe si maté a alguien. No sé cuál fue el tiro de gracia. Yo sólo quería terminar ya con todo. Los que estaban conmigo también. Si dos de nosotros se peleaban otro intentaba separar, no por que le importara que los otros se lastimaran, no nos importaba nada. Lo insoportable eran los gritos de la pelea. Todo era insoportable. Pero peleábamos sin fin, el que separaba al final también terminaba a los golpes. No había salida. El frío era terrorífico, el hambre era el pánico. La vida era un ataque de pánico. Yo y ellos teníamos 18 años.

Un día llegaron los ingleses. Llegaron caminando. Todos nos rendimos. Volvía a mi casa. Volví a Buenos Aires. Todo seguía igual. La Argentina estaba igual. Y sigue igual”.

('ATAQUE DE PÁNICO', Miguel Wiñazki)




Recopilación de textos: Abel Cortese
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