
UNA AFRENTA AL PUEBLO PERONISTA
El culto a Evita creció desmesuradamente después de su muerte.
Entre mayo de 1952 —dos meses antes de que muriera— y julio de 1954, el Vaticano recibió casi cuarenta mil cartas de laicos atribuyendo a Evita varios milagros y exigiendo que el Papa la canonizara.
El prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos respondía a todas las solicitudes con las fórmulas usuales:
«Cualquier católico sabe que para ser santo hay que estar muerto». Y después, cuando ya la estaban embalsamando: «Los procesos son largos, centenarios. Tened paciencia». Las cartas fueron tomándose cada vez más perentorias. Se quejaban de que, para ser santa, María Goretti había esperado sólo cuarenta y ocho años y Teresa de Lisieux poco más de veinticinco. Más llamativo, decían, era el caso de santa Clara de Asís, a quien el impaciente Inocencio IV quería canonizar en el lecho de muerte.
Evita merecía más: únicamente la virgen María la superaba en virtudes. Que el Sumo Pontífice tardara en admitir una santidad tan evidente era «una afrenta a la fe del pueblo peronista».
('HISTORIA DEL
PERONISMO', Hugo Gambini)
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