UN HOMENAJE MORTAL |
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UN HOMENAJE MORTAL
La mañana del 16 de junio de 1955 había sido elegida para efectuar un homenaje al
Presidente Juan Domingo Perón, que serviría además “para desagraviar la memoria del general José de San Martín, agraviado durante la procesión de Corpus Christi”, según anunciaban los diarios.
El comunicado oficial explicaba que “a las doce una formación de aviones Gloster Meteor de las unidades caza-interceptoras de la fuerza aérea, volarán sobre la catedral”.
En realidad se trataba de un acto en honor del presidente que debía convertirse en su defunción, pues los aviones llegarían con sus proyectiles para destruir la casa rosada con él adentro. Pero los sublevados encontrarían algunos escollos insalvables.
Uno fue la deserción de Bengoa, de quien se dijo que como no le avisaron a tiempo no pudo viajar a Paraná a sublevar las tropas del tercer cuerpo de ejército, aunque otros pensaron que fue una deserción en el momento crucial.
El segundo problema estaba en el cielo. Un espeso manto de nubes dificultaba la visibilidad de los pilotos y los obligaba a dar un rodeo sobre el río, a la espera del claro que permitiera bombardear con precisión.
El tercer inconveniente que se le presentó a la aviación naval fue en la escuela de mecánica, impedida de movilizar sus efectivos al ser rodeada por tropas leales. De ese modo, los rebeldes quedaron sin apoyo terrestre —fundamental para el triunfo— cuando ya era imposible echarse atrás.
Se suponía que Perón iba a presenciar desde la azotea el desfile de aviones en honor suyo, lo que facilitaría su eliminación física. Pero las demoras alertaron al gobierno.
El presidente Perón —dice Ruiz Moreno—, con el mayor sigilo abandonó su residencia acompañado de algunos pocos fieles, sin advertir al resto de funcionarios y empleados que ocupaban los despachos oficiales. Tan sólo elementos del regimiento escolta de granaderos a caballo quedaron prevenidos y sobre las armas.“
La aviación naval descargó nueve toneladas y media de bombas sobre civiles desarmados en la Plaza de Mayo.
Al caer la tarde, en los policlínicos y en las comisarías se amontonaban los cadáveres que media docena de camiones habían recogido en las calles. El espectáculo más tétrico lo ofrecía un trolebús semidestruido por una bomba, la que estalló en su interior cuando pasaba junto a la casa rosada: casi todos sus ocupantes murieron en el acto. La cantidad de víctimas —según el recuento de los diarios— habría sido de 200 muertos y más de 800 heridos. Algunos de estos fallecieron días después. También Perón dio entonces esa cifra, aunque a los dos años agrandó el número de heridos: “Las bombas y las ametralladoras de los aviones —escribió— produjeron 200 muertos y varios miles de heridos entre la población civil”.
Sobre esta frase, Ruiz Moreno dice en su reconstrucción de los combates que “el último cálculo está exagerado con fines políticos”. Pero como siempre ocurre en estos casos, la leyenda alteraría el número de víctimas. Esto hizo que cuatro décadas después, Miguel Bonasso escribiera: “Según algunos informes hubo 156 civiles muertos y unos 900 heridos. Fuentes sindicales elevan los muertos a 350 y los heridos a cerca de 2.000”. 16 En su edición del día siguiente, Clarín computó 156 muertos y 846 heridos. Además dio la lista de todas las víctimas internadas en la Asistencia Pública, policlínicos, hospitales y dos sanatorios privados.
Los diarios del 17 publicaron fotografías de las bombas que cayeron sin estallar, debido a los vuelos rasantes —los aviones no superaban los trescientos metros de altura— por falta de plafond. Pero las placas que más impactaron, naturalmente, fueron las del trolebús semidestruido y las de los cadáveres sobre el asfalto. Además, las huellas de la metralla quedarían estampadas durante décadas en algunos edificios de la zona, como ocurriera con el Ministerio de Hacienda, en Hipólito Yrigoyen y Paseo Colón. “Lo que había pasado el 16 de junio —escribió Félix Luna— era un trágico síntoma de la división que vivían los argentinos. Que los pilotos rebeldes no hubieran trepidado en producir esa masacre para aniquilar a Perón daba la medida de la desesperación total en que se encontraba la oposición.”
El éxito de las fuerzas leales fue adjudicado al ministro Lucero, quien se confundió en un abrazo con Perón cuando este decidió informar al pueblo de lo sucedido y pedirle calma y serenidad.
La proclama revolucionaria, que Viader había logrado difundir por Radio Mitre, quedó desmentida en los hechos al escucharse la voz del presidente por la cadena oficial de emisoras. “Argentinos, argentinos —habían advertido los rebeldes por radio—, escuchad este anuncio del cielo volcado por fin sobre la tierra argentina. El tirano ha muerto. Nuestra patria, desde hoy, es libre. Dios sea loado.”
En realidad, ni el presidente había muerto ni Dios era loado, pues a la hora en que Perón dejaba oír su voz inconfundible, los templos católicos comenzaban a ser consumidos por el fuego que acababan de encender varios piquetes de fanáticos protegidos por el gobierno.
('LA REVOLUCIÓN DEL 55', Isidoro Ruiz Moreno)
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