REÍTE
DE LA ESTATUA DE LA LIBERTAD |
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REÍTE
DE LA ESTATUA DE LA LIBERTAD
En 1951 Eva Perón comenzó a pensar en la construcción de un monumento adecuado para conmemorar el 17 de octubre. El plan original contaba con una estatua de un trabajador elevándose de una tumba que guardaría los restos de un descamisado. Cuando Evita empezó a percibir que sus propios días estaban contados, expresó el deseo de descansar en la cripta del monumento. El concepto entonces cambió de la tumba de un descamisado desconocido a un verdadero Taj Mahal argentino.
Evita quería que el Monumento al Descamisado fuera el más alto, el más pesado, el más costoso del mundo, y que se viera desde lejos, como la torre Eiffel. Así se lo dijo a la diputada Celina Rodríguez de Martínez Paiva, quien debía presentar el proyecto en el congreso: «La obra debe servir para que los peronistas se entusiasmen y desahoguen sus emociones eternamente, aun cuando ninguno de nosotros esté vivo».
León Tomassi, un escultor italiano que estaba por entonces trabajando en las figuras que iban a decorar la nueva instalación de la Fundación Eva Perón, recibió el encargo de preparar una maqueta. La propia Evita le dijo textualmente: “Tiene que ser el más grande del mundo”.
Terminada la maqueta, Tomassi se la presentó a Evita a fines de 1951, y ella le pidió que reformara el interior para que se pareciera más a la tumba de Napoleón que recordaba haber visto en París cuando visitó esa ciudad durante la Gira del Arco Iris.
Una vez hechas las reformas, Evita aprobó la maqueta. La figura central, un trabajador musculoso de sesenta metros, se alzaría sobre un pedestal de setenta y siete. Alrededor habría una enorme plaza, tres veces más amplia que el Campo de Marte, rodeada por las estatuas del Amor, de la Justicia Social, de los Niños Únicos Privilegiados y de los Derechos de la Ancianidad. En el centro del monumento se construiría un sarcófago como el de Napoleón en Invalides, pero de plata, con una imagen yacente en relieve. La inmensa estructura, que duplicaba casi el tamaño de la Estatua de la Libertad, debía emplazarse en un espacio abierto entre la Facultad de Derecho y la residencia presidencial.
Evita estaba tan entusiasmada con la maqueta que ordenó cambiar la figura del trabajador musculoso por la de ella misma.
El Congreso se apresuró a sancionar la idea veinte días antes de que muriese, y la propia Evita alude en su testamento a esa ilusión de eternidad: «Así yo me sentiré siempre cerca de mi pueblo y seguiré siendo el puente de amor tendido entre los descamisados y Perón».
El proyecto fascinó también al presidente, quien lo aprobó de inmediato. “La obra, tal como fue concebida, era en realidad un gigantesco monumento al propio Perón, cuya figura debía dominar en lo alto”, escribió Bernardo Rabinovitz. El costo de la obra estaba estimado en 150 millones de pesos, pero el ministro Dupeyrón calculó que hacer “una construcción de 140 metros de altura, con una estatua de 53 metros y 16 figuras de 5 metros de alto cada una, cuesta más de 400 millones”. Es que el conjunto arquitectónico era más alto que la basílica de San Pedro, medía una vez y media la Estatua de la Libertad y tres veces el Cristo Redentor. Su dimensión era similar a la de la pirámide de Keops y su costo se encarecía por todo lo que debía invertirse en mármol de Carrara.
El 26 de junio de 1952, la Cámara de Diputados pasó una ley aprobando la erección del memorial que ahora se llamaría monumento a Eva Perón. En lugar de la estatua del descamisado, se colocaría sobre el edificio una figura que representaría a Evita. El 7 de julio, el Senado aprobó una ley creando una comisión encargada de ejecutar los planes.
Entre los ochenta y cuatro panegíricos de Evita que se escucharon en esa oportunidad se destacó el de Juana Larrauri, senadora y cantante: “Eva Perón es el honor de los honores. No acepto que se la compare con ninguna otra mujer, ni con ninguna heroína de ninguna época”. Es que la senadora Hilda Nélida Castiñeira se había atrevido a equipararla con reinas y santas:
“Eva Perón resume lo mejor de Catalina de Rusia, Isabel de Inglaterra, Juana de Arco e Isabel la Católica...”
Evita abrazó el proyecto con todo el entusiasmo que aún le quedaba. Insistió en que la dimensión de la estructura fuera colosal y que estuviera ubicada en la Plaza de Mayo. Esto creaba serios problemas ya que el modesto tamaño de la plaza no permitiría las proporciones que la Primera Dama exigía. La armonía arquitectónica no le preocupaba y la comisión debía enfrentar sus deseos poco prácticos.
La construcción del monumento a Evita fue aprobada por ley tras cinco sesiones de discursos laudatorios. Se dispuso su erección en Buenos Aires, con réplicas en todo el interior, y la comisión creada tomó muy en cuenta “el deseo de la homenajeada de obtener un lugar preferencial”, según informaron sus miembros. Dice Reynaldo Pastor que, además del debate público en el parlamento, hubo reuniones privadas en el Ministerio de Trabajo y Previsión de las que quedaron actas y versiones taquigráficas “que permiten conocer aquella discusión palaciega sobre las proyecciones y emplazamiento, en base a lo que deseaba la señora”.
Y se mencionan deseos como éstos: “que se levante en la Plaza de Mayo y que tenga dimensiones colosales”; “la cripta debe ser altísima”; “la entrada será baja, semejante a la tumba de Napoleón, para que los contreras se agachen”.
La idea de levantarlo en Plaza de Mayo chocaba con las dimensiones colosales, pues hacía muy complicado ubicarlo allí.
Cámpora propuso una solución: “Se pueden demoler los edificios de la Intendencia Municipal y del diario La Prensa, no es muy difícil hacerlo". Subiza, en cambio, pensaba en correr la Pirámide de Mayo, alegando que “la cambiaron tantas veces de lugar que no sería novedoso que se volviese a hacer”. Otros sugerían instalarlo en el cruce de las avenidas de Mayo y 9 de Julio, a lo que se oponían Larrauri y Apoid: “Nosotros sabemos que la señora quiere que lo hagamos en la Plaza de Mayo”.
Estas discusiones habían comenzado en vida de Evita, el 17 de julio de 1952. Después de realizadas las cuatro primeras reuniones se produce el fallecimiento de la homenajeada y entonces pasaron a tener más importancia los deseos de Perón.
Hasta ese momento las consultas eran directamente con Evita, como lo prueba las versiones taquigráficas en el Congreso de la Nación. Por ejemplo, un comentario de Apold sobre el concurso de artistas para esculpir la gigantesca obra. En la reunión del 21 de julio expresó: “Yo tengo la obligación de hacer presente que la señora quiere que vengan artistas de todo el mundo. Como la señora habla y razona perfectamente, en cualquier momento se le pregunta”. Al día siguiente, el ministro de Obras Públicas, Roberto M. Dupeyrón, dejó aclarado: “Este es un anteproyecto que vamos a someter a juicio de la señora. Después haremos lo que la señora establezca”. La altura de la cúpula, que iba a ser de ocho pisos, se modificó cuando la senadora Larrauri recordó en una reunión que “la señora quiere que sean catorce”
Sin embargo, al morir Evita las actas siguientes registrarían otro tipo de discusiones: ¿el monumento debía ser coronado con la estatua de ella o de él? Según comprobó Pastor, el líder se opuso a lo primero advirtiendo que “la figura de la homenajeada no se reconocería, pues en tamaño tan grande resultaría ridícula”. En esos días posteriores al fallecimiento sobrevino un fuerte giro en la actitud de la comisión, pues de la pleitesía a la señora se pasó rápidamente a la subordinación presidencial. Había desaparecido el temor a las reacciones intempestivas de la jefa espiritual y, además, Perón se encargó de que alguien recordara que un año antes de la ley del monumento a Evita se había aprobado otra ley que ordenaba erigirle un monumento a él.
Circuló entonces la versión de que la Plaza de Mayo se reservaba para la estatua de Perón y que la rotonda de Avenida de Mayo y 9 de Julio sería para Evita, en donde se levantaría un gran mausoleo con sus restos, coronado por el monumento al Descamisado. Por allí venía la cosa cuando finalmente se eligió un terreno en Palermo, que según los técnicos de Obras Públicas, era el sitio más apropiado por los jardines que lo bordeaban y las dimensiones del proyecto.
Al celebrarse el primer aniversario de la muerte de Evita, los diarios anunciaron el descubrimiento de la tan esperada maqueta del mausoleo. Los relatos hacían resaltar las dimensiones de la estructura planeada, que tendría 137 metros de alto (en tanto la Estatua de la Libertad, a la entrada del puerto de Nueva York, tiene 91 metros). El monumento tendría un peso de 43.000 toneladas y la estructura incluiría 14 ascensores y 16 estatuas de mármol para ilustrar los temas del amor, el coronel y el conductor, alineadas sobre una base circular.
Ninguno de los artículos hacía comentario sobre los cambios que había sufrido el proyecto. Los planes de erigir el monumento en Plaza de Mayo, como lo había querido Evita antes de morir, habían sido descartados en honor al sentido común. La nueva ubicación sería un predio en la Avenida Libertador, entre la Facultad de Derecho y la residencia presidencia.
Cuando los cimientos estuvieron terminados y la estatua a punto de ser embutida en el encofrado, habían pasado tres años de la muerte de Evita. Era
septiembre de 1955 y la sublevación militar frustró la coronación de la obra.
(Fragmentos de 'PERÓN',
de Joseph Page, 'HISTORIA DEL PERONISMO', de
Hugo Gambini, y de 'EVITA', de Alicia Dujovne
Ortiz)
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