RECUERDOS DE LA MUERTE |
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RECUERDOS DE LA MUERTE
En la mañana del 22 de septiembre de 1866, cinco jefes del Ejército Argentino presintieron su muerte en las trincheras de Curupayti. Los coroneles Juan Bautista Charlone, Manuel Fraga, Manuel Roseti, Alejandro Díaz y Luis María Campos, se reunieron en la carpa del Dr. Caupolicán Molina, cirujano principal del Ejército, ‘para saborear un banquete cuyo manjar más exquisito era un raquítico sábalo comprado a precio romano’.
El General José Ignacio Garmendia, actor distinguido en aquella contienda, relató en su libro
'LA CARTERA DE UN SOLDADO: ‘Aquella mesa nos traía a la memoria una comida después de un entierro. Una atmósfera silenciosa se mezclaba a la sobriedad del almuerzo. Los chistes forzados se sucedían con grandes intervalos. Hipócritas manifestaciones del corazón. Estaban tristes y no sabían por qué. Es que el amargo presentimiento que los impulsaba al solemne vaticinio era la misma fatalidad que más tarde revestiría una forma tangible.
‘De repente Fraga, con aquella arrogancia en el porte y en el hablar que le era característica, hizo un gesto de visible contrariedad y exclamó con triste sonrisa: ‘¡Hoy me van a matar! Recibiré un balazo en el vientre, pero tendré el honor de morir con el quepí que usted me ha regalado’. Y dirigiéndose a Luis María Campos, lo saludó con gallardía.
‘En ese instante se escuchó la voz clara de Roseti que decía: ‘¡Yo también voy a morir!, y es tan cierto mi presentimiento que he arreglado mis asuntos’.
‘No concluyó porque fue interrumpido por Alejandro Díaz, que con voz grave y acentuada murmuró esta única frase: ‘¡Yo también voy a morir!’
‘Charlone, que hasta ese momento había guardado silencio, al oír estas palabras se irguió, y ejecutando un ademán brusco exclamó con nervioso acento: ‘Del mismo modo quedaré allí de un metrallazo, pero caeré en mis cabales, porque hasta ahora en el Ejército Argentino, en esta patria que tanto amo, nadie ha ido más lejos que yo, y es por eso que quiero darle mis glorias y mi sangre’.
Al concluir esta frase temblaba la palabra en los labios del bravo veterano; es que hablaba con el alma, sintiendo prematuro el entusiasmo del último sacrificio.
‘Sucedió un momento de silencio que fue interrumpido por Roseti, quien, dirigiéndose a Luis María Campos, dijo: ‘¡El General Petit –nombre cariñoso que le daban sus compañeros por su baja estatura- también ha de morir’.
‘¡No! - gritó Fraga-. Saldrá herido solamente, para que cuente el cuento’.
‘En ese instante se presentó a la puerta de la carpa un ayudante a traer una orden; aunque su nombre lo hemos olvidado, recordamos que era rubio y de una talla gigantesca.
‘¿Y a éste?’, balbuceó uno de los circunstantes.
‘Como es tan grande, será el primero que muera’, replicó reciamente Charlone.
‘En seguida todos guardaron silencio.
‘Con excepción del lugar de la herida de Luis María Campos, la profecía salió fatalmente cierta’.
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