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HAY COMO LOS VELORIOS ARGENTINOS |
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HAY COMO LOS VELORIOS ARGENTINOS
Los
velorios argentinos se destacan, sin ninguna duda.
El
de Eva Perón se lleva todos los premios, y merece un detalle
propio.
También
el de Juan Domingo Perón, que murió en el ejercicio de la
Presidencia, resiste todas las comparaciones en el mundo.
Y
el del cantante Carlos Gardel también se destaca por su
complejidad.
En
realidad tuvo en total cuatro velorios –algunos de varios días,
espeluznantes-, y su cadáver deambuló en ferrocarril, en barco y
al hombro (cuando lo exigían las dificultades de la montaña) por
distintas ciudades de Colombia, Nueva York, Montevideo y Buenos
Aires, donde alcanzó el descanso definitivo en el cementerio de
la Chacarita, casi un año después.
Un
itinerario increíble, descomunal, donde no faltó un último
velorio con las tribunas repletas en el estadio Luna Park, con
orquesta incluida.
Otro
velorio notable fue el de Hipólito Yrigoyen, velado durante tres
días, llevado a pulso al cementerio de la Recoleta, con la tapa
del féretro abriéndose en medio de la multitud venida de todo el
país para sus funerales.
En
el entierro de Hipólito Irigoyen, más de medio millón de
personas salió a la calle para despedir a quien fuera dos veces
Presidente de la República Argentina (1916-1922), (1928-1930).
Este
es un fragmento del relato de Manuel Galvez:
“El
cadáver de Yrigoyen fue embalsamado. El emocionante espectáculo
de su velorio se prolongó dos días y medio. Durante cincuenta y
ocho horas entró la gente, controlada por la caballería y la
infantería.
Dentro
de la casa de Sarmiento y Diagonal Saénz Peña hubo un momento de
pánico: se temió que la multitud arrollara todo y entrara en
forma de alud. Las fuerzas policiales lograron imponerse y tender
cables de acero para encauzar aquel tremendo fervor del pueblo.
Por
las tardes y las noches se realizaron manifestaciones diversas,
que la policía disolvía una y otra vez. Casi todas tenían por
motivo protestar contra el gobierno, que no permitía velar el cadáver
en una plaza pública. Por eso gritaban ‘¡Plaza, plaza!’
Una
de esas multitudes fanáticas intentó penetrar en la casa, sacar
el féretro y llevarlo a la plaza de Mayo. Fue preciso pedir
tropas urgentemente para evitar tamaña atrocidad. Pero el escuadrón
de Seguridad tuvo que retirarse, pues los manifestantes pinchaban
a los caballos y arrojaban a los soldados fósforos encendidos”.
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