MEJOR TARDE QUE NUNCA |
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MEJOR TARDE QUE NUNCA
En 1840, Juan Lavalle, jefe de la oposición militar a Rosas, fue abatido por un balazo casual en la ciudad de Jujuy. Sus hombres quisieron preservar el cadáver de la inquina de los enemigos, que lo buscaban para degollarlo póstumamente. Condujeron el cuerpo a través de socavones y lechos de ríos muertos, con la esperanza de llegar a Potosí, en el Alto Perú.
Era verano. Cuanto más avanzaban, más intolerable se les tornaba la compañía de aquel general marchito, en cuyo cuerpo la muerte hacía estragos. Resolvieron entonces detenerse a orillas de un arroyo, y descarnar los despojos. Uno de los cincuenta y siete oficiales del cortejo saludó al esqueleto con esta frase inolvidable:
“¡Al fin lo vemos sonreír, mi general, después de tanto llanto!”.
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