LOS MEJORES AFUERA |
|
 |
LOS MEJORES AFUERA
“José de San Martín, el guerrero que hace ciento ochenta años acabó con el yugo español y se convirtió en el paradigma de la nacionalidad argentina, vivió hostigado por las terribles furias del adentro. Murió viejo, a los 72 años, sin haber permanecido más de once o doce en el país natal. Una vez intentó volver a Argentina, en 1826, y en la rada del puerto de Buenos Aires lo detuvieron, y le dijeron:
"¡No entre! No entre porque este pueblo siempre está lleno de caos".
San Martín, a quien los sectores más dispares reivindican como el ejemplo superlativo de argentinidad, conoció como pocos la hostilidad y el rechazo del adentro.
Permaneció en el país natal menos de un cuarto de la vida: dieciséis años sobre setenta y dos; u once años sobre setenta y dos, si se descuentan los que consagró a la campaña libertadora, en Chile y Perú.
Juan Bautista Alberdi, que lo visitó en Grand Bourg, conjeturó que San Martín nunca se decidiría a cambiar su apacible retiro francés
“por los peligrosos e inquietos goces de su borrascoso país”.
No es el único caso, por supuesto. También Moreno, Echeverría, Sarmiento, Rosas y el propio Alberdi, figuras tutelares del siglo XIX, murieron en ese afuera hacia el cual saltaron por compulsiones que no se debían al azar sino a la oscura inclemencia de una patria que los rechazaba. En el siglo XX, los ejemplos son más cantados. Ahí está Borges, que eligió Ginebra como el paisaje de su muerte, lo cual puede entenderse como una recriminación retrospectiva al paisaje de su vida. O está Juan Perón, que durante los dieciocho años de su exilio manifestó una y otra vez la voluntad de “ir a tirar mis huesos en la pampa” y que luego, al regresar, dijo que “no se hallaba”, que no sabía dónde poner el cuerpo.
('EL SUEÑO ARGENTINO',
Tomás Eloy Martínez)
|