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"He procurado diligentemente no reírme de las acciones humanas,
ni llorarlas, ni abominar de ellas, sino comprenderlas"

Baruch Spinoza

 


ESA POBRE GENTE, LOS NAZIS

ESA POBRE GENTE, LOS NAZIS
“Entre 1945 y 1949”, me dijo Perón, “les abrí los brazos a muchos de los pobres muchachos que escapaban de un país humillado y derrotado como era la Alemania de aquellos años. Los recibí por un sentido de humanidad y porque varios de ellos eran técnicos y científicos de primera, que nos hacían falta para fortalecer nuestras industrias. Alemania había invertido millones de marcos en capacitarlos. A nosotros sólo nos costaban un pasaje de avión y el pasaporte que les daban nuestros cónsules”.

Recuerdo que el mediodía era helado y transparente, como de vidrio. Recuerdo el vuelo de los pájaros entre los fresnos y los rosales de la quinta. En la cinta achacosa, vuelvo a oír la temblorosa danza de las cucharitas en las tazas de café.

“Esa pobre gente se había quedado sin patria”, siguió Perón. “En Nüremberg se estaba consumando entonces una infamia sin nombre que todavía sigue pesando sobre la conciencia de la humanidad. Se estaba celebrando un juicio indigno, donde los vencedores se comportaban como si no lo fueran. Ahora nos damos cuenta de que esa gente merecía haber perdido la guerra. Muchas veces, durante mi gobierno, me ocupé de condenar lo que pasó en Nüremberg, porque ese juicio me ha parecido siempre una barbaridad sin perdón.”

“Goering”, me oigo decir entonces en la cinta, con una voz que trataba de ser desafiante. “Kaltenbrunner”, le dije.

“¿Se acuerda de Kaltenbrunner? Fue el que organizó la Gestapo y los campos de la muerte. Hans Frank”, le dije. “Frank, al que llamaban ‘el carnicero de los judíos de Cracovia’. Alfred Rosenberg, Wilhelm Frick. Esos dos escribieron las leyes que ordenaban el exterminio de los judíos. ¿Qué hubiera hecho con ellos, General? Si usted hubiera estado en Nüremberg, ¿qué hubiera hecho?”

“Yo”, contestó, “pude haber llenado de sangre a la Argentina. Pude haber dejado el tendal de muertos y no lo hice. Si en 1955 yo le ordenaba a la CGT que se movilizara, habríamos tenido una matanza. No lo hice. Nunca he tomado medidas contra nadie. ¿Sabe por qué? Porque no son necesarias. Los hombres se castigan solos”.

El General solía tener ráfagas de sentimientos contradictorios cada vez que hablábamos de los hombres fuertes. Pero esa mañana de 1970, sin López Rega ni Isabel rondando por la cocina, bajó la guardia y elogió a todos: a Napoleón, a Bismarck, a Hindenburg, a Mussolini. 

Había llenado la Argentina de nazis y no se avergonzaba de su hazaña. Exhibía, orgulloso, una panoplia de amistades a las que llamaba “heroicas”: Skorzeny (el aviador que había liberado a Mussolini de su prisión en el Monte Sasso), Kurt Tank, Eichmann, Edward Roschman (conocido como “el verdugo de Riga”) y un extraño veterinario al que el General identificaba como Helmut Gregor y que, según supe luego, era Josef Mengele, el siniestro médico del campo de Auschwitz.

(Fragmento de 'LAS MEMORIAS DEL GENERAL', de Tomás Eloy Martínez)




Recopilación de textos: Abel Cortese
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