EL PRESIDENTE QUE ECHÓ A SU FAMILIA |
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EL PRESIDENTE QUE ECHÓ A SU FAMILIA
Al parecer, en ninguna parte del mundo un Presidente
democrático echó a su familia, por decreto, de la residencia presidencial.
El 28 de mayo de 1990, antes de salir de viaje, el Presidente
Carlos Saúl Menem dejó firmado el decreto 1026, que su secretario Raúl Granillo Ocampo le redactó con esmero y dedicación dignos de un secretario técnico de su envergadura.
Dos pequeños artículos pondrían límites a los excesos protocolares de Zulema Yoma de Menem. A partir de aquí sería él quien determinaría qué personas podrían entrar o permanecer en la residencia presidencial, ya que no se trataba de un hogar de familia sino de un lugar destinado exclusivamente para el primer magistrado.
Una orden escrita ad hoc expulsaba a su mujer y a sus hijos de la residencia oficial. No tenía fecha de ejecución, dando a entender que habría que aguardar el momento más oportuno. Pero Menem, al salir de viaje, ya le había puesto un límite infranqueable a la permanencia de Zulema en Olivos.
—Cuando vuelva quiero que todo esto esté solucionado. Esta casa es mía —dijo a sus hombres.
El brigadier Andrés Antonietti, alias “el conde de’Montecristo”, que odiaba a Zulema y competía en el entorno de alcahuetes por las preferencias del Jefe, encontró la manera de llegar a ocupar un lugar de privilegio: se ofreció para manejar el plan de desalojo como una operación militar, y así la encaró con un eficiente servicio de inteligencia.
Sin pensarlo, la primera dama favorecería la estrategia de su enemigo. El 12 de junio, Zulema y Zulemita salieron de Olivos para ir al departamento de la calle Posadas, y dentro de la residencia quedó solo Carlitos. La noche anterior, Carlitos le dijo a Zulema que había visto movimientos raros y gente extraña merodeando el chalet.
—Vieja, andáte rápido que hay una ambulancia estacionada. Me parece que te quieren internar en un loquero.
Y la metió en un auto, que salió raudamente por el túnel que da a la avenida Libertador.
Antonietti evaluó que ese era el momento justo para cumplir la orden presidencial. Ya no se trataba de expulsar a Zulema y Zulernita. Sólo bastaba con impedirles el reingreso. En cuanto a Carlitos. lo más posible era que se fuera tras la madre y la hermana, pero, por si acaso, el brigadier no dejó de empuñar un tubo de gas paralizante. No era cuestión de agarrarse a trompadas con el hijo del Presidente.
Así fue como se vio a Zulema Fátima Yoma de Menem, vestida de jogging azul y en zapatillas, abrazada a su hija Zulemita, tratando de comunicarse con su hijo a través de la mirilla de la quinta presidencial de Olivos, adonde les impidieron la entrada cuando regresaron.
—Quedate tranquila, mamá. Estoy aquí, no me dejan salir, pero ya voy. No hagas nada por favor.
Ella trataba de comunicarse personalmente, pero las órdenes de la guardia eran terminantes: ni ella podía ingresar ni el hijo podía salir.
—Me lo tienen secuestrado a mi Carlitos. El hijo del Presidente ha sido secuestrado en plena democracia —vociferaba Zulema.
Pese a esto, a los pocos minutos, el Jaguar rojo manejado por Carlos Menem Junior transpuso la puerta de la calle Villate. Ya en la calle, bajó del auto y se enredó en los brazos de su madre y de su hermana. A esa altura, la tranquila calle del barrio de Olivos era un tumulto de vecinos, periodistas y cámaras de televisión.
—Nos echó el Presidente por decreto. Nos dejó a mí y mis hijos con la ropa que tenemos puesta, y ni siquiera podemos entrar a buscar nuestras cosas. Pero me voy a manejar con la ley y no con los funcionarios de este gobierno, que son todos unos indecentes y corruptos —gritaba Zulema.
('MENEM:
LA VIDA PRIVADA', Olga Wornat, y 'EL JEFE',
Gabriela Cerruti) |