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"He procurado diligentemente no reírme de las acciones humanas,
ni llorarlas, ni abominar de ellas, sino comprenderlas"

Baruch Spinoza

 


EL EQUILIBRIO NO ES ARGENTINO


EL EQUILIBRIO NO ES ARGENTINO
En la Argentina los odios y los amores no guardan mesura. El caso de Hipólito Yrigoyen, dos veces Presidente de la Nación, lo ilustra claramente a través de estos fragmentos de su biografía, escrita por Manuel Gálvez.

Un hombre modesto escribe: ‘Sólo cuando después de la oración, en que elevo con todo el fervor de mi espíritu de creyente mi corazón hacia Dios, sólo entonces siento una sensación de alivio tan grande como cuando escuché los consejos de este hombre incomparable’.

‘Este gobierno tan lleno de obras grandiosas’, dice otro admirador. No falta quien le llame ‘un pensador y un elocuente’. Un audaz afirma que Irigoyen ‘leyó todas las bibliotecas’. Y otro escribe: ‘Llegó ese gobernante por su magna obra, por sus idearios luminosos, a convertirse en el primer ciudadano de Sud América, colocándose en el mismo plano superior de los grandes hombres mundiales’.

Le envían cartas a su casa llamándole ‘súper-hombre que honra a la humanidad’, ‘eminencia serenísima’, y ‘el más grande, famoso y genial argentino’. El diario oficial publica elogios todos los días, y en lugar preferente. Parece que se estimulara a los otros a hacer lo mismo. Días antes de bajar del gobierno, aparece un álbum que sintetiza su obra. Allí se le llama ‘personalidad inigualable’, y se asegura que ‘no hay elogio para tanto hombre, ni fuerza de expresión para hacer justicia a sus méritos esclarecidos’. Allí se afirma que la Historia lo deifica, y que ‘la admiración colectiva consagra su figura imperecedera a cincelazos de titán’. Pero todavía se va más allá, y se le llama ‘un símbolo al que acudirán los hombres y las muchedumbres en busca de inspiraciones gloriosas y de emociones patrióticas, cada vez que la República necesite un cerebro para iluminarla, un corazón para sentirla intensamente y un alma grande para ampararla’.

Y aún se va más allá, aunque parezca imposible: ‘abnegado como Cristo’, le dicen. Pero no nos extrañemos. Esto de compararle con Cristo es frecuente.

* La austeridad de su vida, la sencillez con que vive, son motivos de chanzas. Se le juzga un gaucho y se le llama ‘cacique’. Otras veces lo exhiben como un indio: ‘El jefe de la tribu reparte el pan y la carne, santifica matrimonios, da la absolución de los pecados, castiga a los malos, premia a los buenos y vela por el rebaño’. Su argentinismo es, según un escritor de talento, la hostilidad del gaucho al extranjero.

Su amor por el pobre, su simpatía por el proletariado, son también ridiculizadas. ‘El Peludo llorón y espiritista’, dice de él un diario. Afirman que no se baña y que odia a la gente distinguida. Lo mismo se burlan de él por haber tenido algunos amores. Napoleón, que vivió durante y cuatro años y era casado, tuvo aventuras con catorce mujeres, varias de las cuales le dieron hijos. Pero nada de esto es malo ni ridículo tratándose de Napoleón. Irigoyen habrá tenido una docena de amores en su larga vida. Y era soltero. Los diarios opositores dicen que fue en otros años ‘el terror de los zaguanes de Balvanera’. Le llaman seductor de viudas y de maestras. Aseguran que compra con puestos y cátedras las caricias de las mujeres que van a verlo. Lo pintan como un viejo lúbrico, repugnante de obscenidades. 

Pretenden hacer creer que lo consideran loco. ‘Si alguna duda existiera respecto del estado de las facultades mentales del señor Irigoyen –dice un diario- la parte política del mensaje remitida ayer al Congreso vendría a disiparla’. Habla este mismo diario de ‘su impotencia mental’, de su inhibición absoluta para el raciocinio. ‘Es un enfermo delirante’, agrega, ‘su estudio corresponde a la psiquiatría’. Dice que ‘en cualquier nación culta lo habrían llevado a la casa de orates’, y que el país debe ser gobernado por hombres capaces ‘y no por dioses arrabaleros, perfumados y perseguidos’.

* La literatura de Yrigoyen genera burlas sangrientas. Sus diez o doce neologismos y sus quince o veinte frases ridículas se hacen célebres. Millares de graciosos las aprenden de memoria y componen otras parecidas. Se escriben cartas burlescas y discursos enteros en ‘estilo yrigoyenista’. Los términos ‘cuspidear’, ‘homenajear’ y otros entran en el vocabulario habitual. Al dinero, algunos le llaman ‘efectividades conducentes’. Y los propios términos de Irigoyen se los aplican a él; así le llaman ‘el Peludo magno y magnánimo’.

* Aunque ha donado todos los sueldos presidenciales y vive muy modestamente, sus enemigos lo consideran un ladrón público. Califican a su gobierno como una ‘orgía de malversación y prevaricato’. 

¿De qué no lo acusan? Le reprochan ‘su desenfrenado apetito del poder’, y durante un cuarto de siglo renunció a todos los cargos que le ofrecieron –senadurías, gobernaciones, ministerios-. Lo señalan como un hombre lleno de odio, de ‘odio negativo e inferior’, y es la bondad en persona, paño de lágrimas de los que sufren necesidades, incapaz de hacer el menor mal a nadie. Lo llaman simulador y farsante, y en sesenta años de vida mantiene una misma línea de conducta, de severa moral, irreductible a toda suerte de desviaciones. Le gritan ‘tiranuelo’ y ‘tirano’ y no clausura esos diarios que lo calumnian y lo injurian, ni lleva a la cárcel a los que en actos públicos predican su asesinato. No hay delito, defecto ni bajeza que no le atribuyan. Lo ven taimado, desleal, cobarde, insano, ignorante, semianalfabeto, arrabalero, falsario, lúbrico, sucio, chusma, canalla, traidor, bruto, hipócrita y gaucho. Un diario se indigna de que ‘un compadre fino de Balvanera, con el cráneo lleno de aserrín, asuma actitudes de pensador y de estadista’. Pero sus enemigos no explican cómo un hombre tan inferior y ruin, casi un delincuente, y con semejante cantidad de taras, ha podido ser respetado por los más grandes de sus contemporáneos, desde Mitre hasta Roca y desde Del Valle hasta Pellegrini, y por ilustres hombres de estado y escritores extranjeros que lo han conocido, y llegar por segunda vez a la Presidencia de la República, elegido por la brumadora mayoría del país.

* Su prosa produce asombro. Ante todo, sus neologismos. Son pocos: ‘nobilidades’, ‘perversores’, y algunos otros; pero innecesarios. Emplea el feo ‘criminosa’, que existe, cuando nadie lo usa, y en su lugar existe ‘criminal’. ‘Franquicia’, en el sentido de ‘libertad’, pero en algunos casos uno sospecha que ha querido decir ‘franqueza’. ‘Impelan’, del verbo ‘impeler’, es horrible. Llama la atención ‘condecir’, que no carece de interés, y ‘eficiencia’, fea palabra que existe en nuestra lengua y que ahora se emplea mucho, por influencia norteamericana, y que, según creo, nadie entre nosotros usó antes de Irigoyen.

Más graves que los escasos neologismos son, por su mal gusto, su ridiculez y, a veces, su oscuridad, ciertas expresiones de estas cartas. He aquí algunas: ‘extrañas a su modelación caballeresca’, ‘haber consolidado la unión nacional y su identificación orgánica’, ‘no hay ataque que la sombree’, ‘superiorización de actitudes, de integridades y de energías’, ‘tallado al cincel de todos los holocaustos’.

('VIDA DE HIPÓLITO YRIGOYEN', Manuel Galvez)


Recopilación de textos: Abel Cortese
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