ASÍ
EMPEZAMOS |
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ASÍ EMPEZAMOS
“¿Juráis
a Dios Nuestro Señor y estos Santos Evangelios reconocer la
Junta Provisional Gubernativa del Río de la Plata, a nombre
del señor don Fernando VII, y, para guarda de sus augustos
derechos, obedecer sus órdenes y decretos, y no atentar directa
ni indirectamente contra su autoridad propendiendo públicamente
y privadamente a su seguridad y respeto?” Éste fue el juramento
de rigor, el formulismo que cambió la historia. Ese compromiso
de obediencia al monarca fue el grito revolucionario que enunciaron
los integrantes de la Primera Junta de Gobierno del 25 de
Mayo de 1810.
¿Cuál
era el ardid? El rey no existía. Por aquellos tiempos gobernaba
España José Bonaparte, hermano de Napoleón, y Femando VII
era prisionero de las tropas imperiales.
Como
escribió Cornelio Saavedra en sus memorias: “Cubrir a la junta
con el manto de Femando VII fue una ficción desde el comienzo,
necesaria, por razones políticas”.
La
sociedad política de 1810 no fue bajo ningún aspecto un grupo
unido por el consenso. Por el contrario, las diferencias entre
ultraconservadores, moderados y radicalmente revolucionarios
eran notorias. Estaban los que querían conformar un gobierno
provisorio hasta que todo volviera a la normalidad en España
y Fernando VII retornara al poder, estaban quienes pretendían
romper absolutamente todo lazo con la metrópoli de una vez
y para siempre, y entre ambos extremos estaban los moderados
partidarios de ampliar lenta pero progresiva los márgenes
de la autonomía criolla. De acuerdo con el historiador Nicolás
Shumway: “El juramento fue más que nada un modo de unir a
criollos y españoles de todo color político bajo una bandera
única; nadie puso objeciones en jurar lealtad a un rey inexistente”.
El
acta de nacimiento de la argentinidad, aquel juramento al
rey fantasmal, fue y es un acto histórico anticipatorio, un
evento inaugural paradigmático que habría de repetirse como
sistemática política, así como se repiten año a año las figuritas
infantiles del Cabildo bajo la lluvia. El punto de partida
del modus operandi
del poder político nacional fue el “recurso a la ficción”,
la apelación a lo que todos saben efectivamente ficticio pero
que, retóricamente, lima diferencias. De todas formas, el
efecto “irrealizante” del recurso a la ficción tiene efectos
concretos: el rey que no existía y al que todos los integrantes
de la junta juraron fidelidad tenía en Buenos Aires un representante
que sí existía, el virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros.
Cornelio Saavedra envió a Cisneros una carta terminante en
la que le decía: “El rey, quien le dio a usted su autoridad,
ya no existe. En consecuencia ya no tiene usted ninguna autoridad”.
Así
comenzaba la criptología política argentina. La aritmética
política de Saavedra era muy curiosa: se trataba de someterse
a la nada (al rey) para poder hacerlo todo. Y todo lo que
había que hacer el 25 de mayo de 1810 era destituir a Cisneros.
Saavedra se sometía nominalmente aun rey fantasmal, para derrocar
en su nombre (en nombre del carácter irreal del fantasma)
a un virrey real.
('Ataque
de pánico: CRÓNICAS DEL MIEDO EN LA ARGENTINA', Miguel Wiñazki)
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