LA ACADEMIA DEL HUMOR EN FLORES
Alejandro Dolina |
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LA ACADEMIA DEL HUMOR EN FLORES
Alejandro Dolina

Los Hombres sensibles de Flores gustaban del humor, pero hasta por ahí nomás.
En el fondo sospechaban que la risa suele esconder la cobardía. Y sentían que los momentos verdaderamente grandes de la vida no soportan
bien las payasadas.
Algo de razón tenían: muchas veces una gracia oportuna sirve para evitar una
confesión o un beso. Los chuscos timoratos provocan la sonrisa
de sus enemigos para ahorrarse las trompadas.
Ser chistoso no es sencillo, pero es mucho mas seguro que ser valiente.
De todos modos, los muchachos del Angel Gris saludaban con sus mejores
risotadas las ocurrencias felices, desde la ambiciosa paradoja hasta el
modesto coscorrón subrepticio.
Poco a poco, la destreza humorística acabo por generar- ya que no el respeto- al menos un cierto prestigio mundano que
permitía el ingreso gratuito a los asados, cumpleaños, tertulias y
bautismos del barrio.
Naturalmente, cuando las muchedumbres alcanzaron a vislumbrar las ventajas de poseer una
técnica festiva, surgieron por todas partes jóvenes aspirantes que se postulaban para referir la historia del paisano que
estaba apurado por ir al fondo.
La Academia del Humor en Flores ofreció conocimientos ordenados y oportunidades profesionales a
muchísimos simpaticones. La entidad alcanzo a acuñar un estilo austero y cachador, aun hoy reconocible en renombrados
locutores, periodistas, dibujantes, escritores, actores, o simples
vivillos particulares.
Macedonio Fernández decía que el humor es sorpresa intelectual.
La frase no define el genero, pero lo ejerce. Y es tambien una amable
recomendación de lo imprevisto. En este sentido, los profesores de la Academia
insistían en que la chanza debe ser esporádica. El humorista que
tiende trampas cómicas cada dos frases termina dejando en el publico una
saciedad mental de la que no se sale sino merced al aburrimiento.
En las clases se enseñaba a mantener largos periodos de calma y seriedad, que no eran sino el fondo oscuro destinado a resaltar el brillo de una
brevísima donosura.
Cuanto mas avanzaba el alumno en los cursos, mas paciente se volvía y mas extensos eran los espacios sin morisquetas.
Por cierto, algunos discípulos llevaron este criterio al extremo. A veces
escribían largas novelas de aventuras que no eran mas que el pretexto
para un solo chiste. Y en ciertos casos, ya por olvido, ya por
decisión artística, se omitía redondamente toda broma.
Acaso muchas de las obras que hoy leemos con inocencia no sean otra cosa que la desmesurada
preparación de un chiste genial abolido a
ultimo momento.
El ambiente de la Academia era severo y protocolar. El trato de los maestros evitaba cualquier gesto familiar o amistoso. Me permito notar en
esta conducta un rasgo de inteligencia fenomenal: el efecto de una gracia
es tanto mayor cuanto mas adusta es la circunstancia en que se la formula.
Una simple pedorreta puede ser gloriosa durante el discurso de un escribano. El mismo recurso en una cena de egresados o en un estadio de
fútbol resulta apenas una grosería.
Durante los primeros años de cursos, se procuraba alejar a los alumnos de la
tentación de la ocurrencia fácil. Quienes se dejaban arrastrar
padecían severos castigos, cuando no la expulsión lisa y llana.
Los apuntes y textos de la Academia que han llegado hasta nosotros presentan largas listas de recursos
humorísticos desaconsejados. Un extenso capitulo rechaza el doble sentido, que consiste en exponer sobre un
objeto cualquiera como si en verdad se hiciera referencia a una parte
comprometida del cuerpo humano: "Sabroso es el pan dulce de su hermana."
También se prohibía el anacronismo, los juegos de palabras, los guiños
entre paréntesis, las rimas con los apellidos, las bromas sobre
políticos indoctos, los nombres zafados en japonés y el
desafío de adivinar como le dicen a este o a aquel funcionario.
Al final de las recomendaciones nos espera una frase edificante:
"Conviene no utilizar estos mecanismos vulgares, salvo que uno sea un genio,
lo que en verdad no ocurre casi nunca."
Circulaba entre los aprendices un cuaderno de ejercicios muy curioso.
Contenía numerosos comienzos de relatos humorísticos que los alumnos
debían completar según su imaginación. Veamos algunos:
COMPLETAR LOS SIGUIENTES CUENTOS VERDES
1) Conversan en el infierno un alemán, un japonés y un argentino.
El alemán declara:
- Yo estoy aquí porque asesine un vecino.
2) Una pareja de novios se encuentran en un zaguán. En el mejor momento aparece el padre de la muchacha y dice:
- Pero que es esto?
3) Un inspector llega a un colegio y comienza a interrogar a los niños.
- A ver, tu.... que piensas ser cuando seas grande?
Las invenciones de los alumnos jamás eran aprobadas, Al final del
cuaderno y después de infinitas frustraciones, el joven postulante
comprendía o recibía por escrita una noción fundamental: el mundo no
soporta ya los cuentos verdes.
Tal vez la asignatura mas importante de los cursos de la Academia haya sido "Vida
Humorística." La idea era producir situaciones graciosas reales, mas
allá de las creaciones artificiosas. Se cuenta que el ruso Salzman
llegó a ocupar esta cátedra. Para cumplir con sus trabajos
prácticos, los discípulos recorrían la barriada auspiciando el estallido festivo:
soltaban chanchos en las ceremonias nupciales, se burlaban de los comerciantes
extranjeros para provocar insultos en cocoliche, se fingían manfloros
en los trenes, gritaban pidiendo socorro en los probadores de las
sastrerías, hacían pelear a los chicos y simulaban perpetuas indecisiones en
los mostradores de las heladerías.
Parece que el propio Salzman fiscalizaba estas tareas situándose en lugares
estratégicos y haciendo -cada tanto- alguna corrección o sugerencia.
El humor político es -dicen algunos- un pasatiempo intelectual que consiste en burlarse de los peronistas.
Sin embargo, en la Academia, la materia era dictada por el profesor Ricardo
Bermúdez, hombre que pertenecía a esta corriente.
Desde el principio, Bermúdez trato de establecer que para hacer una chanza inteligente cualquier partido es bueno.
Así llego a contar un día que los demócratas progresistas levantan el piso del parquet de sus casas
para hacer asados. El efecto de esta creación fue prácticamente nulo.
Pese a todo, hay que declarar que hubo en sus enseñanzas algunos modestos aciertos.
Refuto -por ejemplo- el viejo postulado según el cual es imposible hacer humor oficialista.
El humor- sostenían los ortodoxos- implica siempre la degradación de un valor. Por lo tanto, toda
acción humorística será siempre en contra de algo. De aquí se infiere la imposibilidad del chiste a favor del
gobierno o del orden vigente.
Los argumentos contrarios de Bermúdez son tan sencillos que su exposición no produce el menor orgullo
artístico:
"...Es cierto que el humor se hace siempre en contra de algo, como ya lo sospecho
Platón. Para hacer humor oficialista bastaría entonces con burlarse
de la oposición."
En efecto, la presentación del inconformismo y del descontento como estados espirituales
ridículos y aun fraudulentos, propugnaba indirectamente
la admiración del pensamiento establecido.
En efecto, la presentación del inconformismo y el descontento como estados espirituales
ridículos y aun fraudulentos, propugnaba indirectamente
la admiración del pensamiento establecido.
De hecho, hoy en día, nuestros mejores humoristas son honradamente oficialistas, tal vez por razones parecidas a aquellas que llevaban
a los Hombres Sensibles a desconfiar del humor.
La Academia del Humor de Flores poseía también un registro de patentes que
permitía a los ingeniosos del barrio preservar la propiedad de
sus creaciones.
La oficina atendía día y noche, pues ya se conoce la quisquillosidad de los inventores de bagatelas.
De todos modos, y a pesar de los minuciosos tramites, nunca faltaban chistosos que se
sentían despojados por alguien. Esto ocurre todavía en nuestro tiempo: cada vez que surge un programa exitoso o una nueva
publicación
de humor, muchos de nuestros conocidos declaran haber tenido la misma
idea mucho antes.
El polígrafo Manuel Mandeb -que jamás registro nada- despreciaba a los supuestos damnificados. Oigamos sus gritos:
"Solamente pueden robarse las ideas pequeñas, las minucias que caben en un bolsillo. Las grandes creaciones son incomodas de llevar y no
están al alcance de los descuidistas. Cualquiera puede hacerse con el eslogan de un
nuevo calzoncillo; la teoría de la relatividad -en cambio- es de
usurpación casi imposible.
"Convendrá entonces tener ideas grandes, o en todo caso, procurar que
nuestras ocurrencias estén pegadas a nosotros de un modo tan intimo y estrechoque nadie pueda
arrancárnoslas del alma. Si quieren saberlo, yo soy mis
ideas, y quien me las robe, habrá de llevarme también consigo."
Pero las idea de que las ideas no se roban le fue robada a Mandeb. El abogado Gerardo Joseph la expuso como propia en una conferencia titulada
La Sustracción de Ideas. Se dice que Mandeb se presento ante el charlista
y le dijo:
-Vea, mi amigo, al oírle exponer mis reflexiones pensé que yo mismo disertaba. Usted era yo y es tal vez por eso que no le rompo los dientes de
una trompada.
Pocos alumnos alcanzaban los cursos superiores de la Academia. Allí se enseñaban el arte del ejemplo absurdo y sin embargo riguroso, la exquisita
discordancia entre la forma y el contenido, la nobleza del renunciamiento
artístico, y los divertidos desperfectos de la razón.
También se enseñaba música, poesía, pintura y teatro, porque sin un
genero que lo contenga el humor no es nada.
"Lo nuestro es sal -decían los maestros- y aunque la comida sin ella es desagradable, mucho peor es comer la sal sola."
En los últimos tramos de la carrera los aspirantes se tornaban melancólicos
y casi nada los hacia reír. Tal vez la persecución de la gracia es un
camino demasiado duro.
Nadie alcanzo jamás el titulo de Humorista Diplomado. Pero la no obtención de esa
jerarquía era precisamente el propósito final de la entidad.
Se trataba quizá de aprender a no reírse o mejor todavía a
reír sin olvidarse.
Así despojado de toda pretensión, purificado de su hambre de risa,
el aspirante podrá apuntar algún garbanzo.
La gracia nunca se presenta ante quien la busca demasiado.
La Academia de Flores se fue con los tiempos dorados. Algunos siguen hoy sus rigurosos preceptos. Otros no.
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