ADOLESCENCIA FEROZ
GABRIELA ACHER |
|
|
ADOLESCENCIA FEROZ
GABRIELA ACHER
Pese a los esfuerzos de mi madre para que yo siguiera la tradición familiar, las enseñanzas religiosas que recibí en mi casa sólo funcionaron mientras yo era una niña. Porque ni bien entré en el secundario, mi vida empezó a cambiar radicalmente, ya que fue la época en que comencé a pensar y hablar por mí misma.
Recuerdo que un día, en clase de historia, el profesor nos estaba dando una aburridísima explicación sobre el viaje de Colón, y quería hacernos reflexionar acerca de la revolución que significó el descubrimiento de que la Tierra no era plana sino redonda. Yo estaba charlando con mis compañeras sin prestarle la más mínima atención, cuando el profesor me hizo pasar al frente y me preguntó sin anestesia:
-Señorita Acher... ¿Nos puede decir por qué Cristóbal Colón partió en busca de las Indias y se encontró con América?
Y yo le contesté:
-Eso es lo que pasa porque los hombres no se detienen a preguntar la dirección.
Me puso un cero y me echó una especie de maldición: "¡Su castigo en el infierno va a ser estar rodeada de amigas y no poder hablar!".
Pero ésa también fue la época en que uno de mis compañeros me hizo llegar un libro de Federico Nietzsche, El Anticristo, cuya lectura significó una enorme revolución en mi vida.
-¡Ésta era la verdad que estaba buscando! ¡Dios ha muerto! ¡Viva Nietzsche! -comentaba exaltada a quien me quisiera oír-. ¡Basta de enseñanzas religiosas arcaicas! ¡Al fin y al cabo, la tradición es sólo una manera de que los mayores controlen a los jóvenes!
Hasta que un día mi madre me descubrió el librito.
-¿El Anticristo -gritó blandiendo el libro frente a mis ojos-. ¿Quién es este anticristo?... Un judío no puede ser, los judíos no somos el anticristo... ¿De dónde sacaste esto?
-Me lo prestó un amigo.
-¿Es una historia de terror?
-No, mamá, es un ensayo de un filósofo alemán, Federico Nietsche.
La palabra alemán la dejó en estado de shock.
-¿Un filósofo alemán? -balbuceaba entre dientes, entre la furia y la lipotimia-. ¿Para eso te educamos? ¿Para que leas a un filósofo nazi?
-No dramatices, mamá.
-¿Dramatizar? Si querías matarme, no podías haber elegido algo mejor.
-No lo leo para matarte, mamá.
-¿Pero por qué tenés que elegir a un alemán? ¿Por qué no lees a algún buen filósofo judío? ¿Por qué no lees a Einstein, por ejemplo?
-Porque Einstein no es ningún filósofo, mamá. Entonces me armé de coraje, me planté delante de ella y le dije:
-Yo no creo en Dios.
-¡Callate! -me tapó la boca con la mano-. ¡Él se desmayaría si te oyera!
-No me importa, que se desmaye. Si Dios existe tiene un problema de ego... ¿por qué tenemos que estar adorándolo siempre? Las personas seguras no necesitan tanta confirmación.
Mi mamá quedó tan petrificada con mi respuesta que no atinó a decirme nada más que: ¡ya vas a ver cuando venga tu padre! Pero yo estaba decidida a rebelarme contra los mandatos familiares, así que me transformé rápidamente en una nihilista como la que más, aunque sin perder mi romanticismo habitual. Porque empecé a fantasear con la idea de que si Nietzsche me hubiera conocido a mí, seguramente nos habríamos enamorado, y entonces yo hubiera podido torcerle su destino de locura y de muerte.
Entonces me leí todos sus libros, incluso las cartas que escribió durante toda su vida sus poemas y me pasaba horas en mi cuarto, imaginando su vida de genio incomprendido, de adelantado para su época, y su figura me parecía el colmo del romanticismo.
Pero aunque yo escondía concienzudamente los libros, mi madre sistemáticamente los encontraba y comenzaba la diatriba:
-Si seguís leyendo esas porquerías, te vamos a poner de monja en algún convento judío.
-No es ninguna porquería mamá es lo más inteligente que leí en mi vida.
-Inteligente pero goy!
-Mamá, vos no entendés, él es un alma afín a mí, yo me siento absolutamente identificada con él, y estoy segura de que si Nietzsche me hubiera conocido, no se habría vuelto loco.
-¡Te hubiera vuelto loca a vos! -me arrancó el libro de las manos-. ¡Pensá que está muerto y mira cómo te tiene!... ¡Enamorada de un fantasma nazi!
Después de un tiempo tuve que reconocer que mi mamá tenía razón, pero el final de mi romance con Nietzsche me dejó más nihilista que antes. Porque comenzó una época en la que yo no iba a la sinagoga ni a ningún lado no creía en nada en mis rezos pedía por nada, y todas mis plegarias fueron respondidas.
Pero poco a poco fui perdiendo también mi fe en el nihilismo.
Después pasé por todas las etapas posibles. Fui atea, agnóstica y evolucionista.
Pero ser atea no me divertía, porque me dejaba sin fiestas y sin días libres en el trabajo.
Cuando fui agnóstica era peor, porque ni siquiera sabía si tenía días libres o no.
Y el evolucionismo tampoco me resultó.
Porque me volví mona rezándole a Darwin, y nunca obtuve una respuesta de su parte.
Del libro "Algo sobre mi madre (Todo sería demasiado)"
|